viernes, 3 de abril de 2009



“Aun recordamos nosotros que vivimos bajo los árboles en estas tierras lejanas
tu luz estelar sobre los mares del oeste…”
JRR Tolkien

Legolas

Nació inmortal de sangre real élfica en un mundo que podría haber sido cualquiera de los nueve mundos de la cosmogonía nórdica, Alfheim podría haber sido su destino. Sin embargo los azares de la pluma que le dieron vida lo llevaron por sendas más cosmopolitas más extrañamente fascinantes.
Mientras las sombras se agrupaban al este de la Tierra Media, el príncipe pasaba sus días debajo de los árboles.
Extraordinario talento para el uso de las armas constan en otro lado sus aventuras, mas no sus elecciones al final, cuando las tierras al este del océano que separa fueron inevitablemente abrazadas por las mareas del tiempo, desencadenando inevitablemente la historia humana.
El mundo era ahora de los hombres, durante ciento veinte años vivió con algunos de los suyos en los bosques de Ithilien, pero poco duró para sus cuentas la ensoñación de aquellas tierras.
Una mañana vio en el amanecer violáceo entre las nubes como una estrellas cruzaba fugaz el firmamento hacía el oeste interceptando el camino marcado por Earendil, entonces supo que el Rey Elessar su amigo había dejado de existir…
A partir de allí sus días transcurrieron sin alegría ya que todo lo que le había sido caro y había apreciado bajo la luz del sol desaparecía. Sin saber que hacer pues su mente era una marejada de confusión fue a ver a la única persona capaz de entender su melancolía. La Reina Arwen lo recibió vestida de luto y la tristeza sembrada en los ojos. Entonces todo en su mente fue más simple pues entendió muchas cosas y también la oscuridad de incertidumbre y desconcierto que rigen las vidas de los hombres por temor a la muerte por no saber que hay más allá en el cual la Dama quedaba atrapada.
Algo que los de su raza no sienten por saber con verdadera certeza lo que hay, lo que existe al final, lo que los espera del otro lado. Comprendió también la trágica historia de los pueblos humanos ya que si en verdad era como ellos decían “el don que el uno concede a los hombres” era en verdad un don terrible y desesperante.
Las dos elecciones eran grises: o permanecía en la tierra que lo había visto nacer y finalmente como el último de su raza moría en ella de manera humana, como su amigo Aragorn, o partía al oeste por el mar donde todo lo vivido y transitado no sería mas que un recuerdo, pero un recuerdo siempre verde del hermoso pasado.
Sin importar la raza o la estirpe hay cosas que no cambian, Legolas pensaba que el destino no existía sino que era un invento de los hombres para no asumir de las intrincadas tramas de sus vidas. Existe también otra cosa…algo que nadie puede negar y es la desesperada pasión con la que deseamos conseguir las cosas que sabemos no podemos tener. La inmortalidad en una tierra mortal, lo había visto en los ojos de la Reina era un sueño imposible…
Marchándose de Minas Tirith, volvió a pensar bajo los árboles en el bosque…recordando la estrella que viera aquella mañana y que finalmente decidió le mostraba el camino a seguir…
En una noche de aguas calmas, Legolas el elfo, último de los nueve caminantes remontó finalmente el Anduin sondeando las costas que tan bien conocía, hasta que al final, casi al amanecer entre brumas de plata vio el mar.
Las velas se hincharon con viento a favor y separándose finalmente de la humanidad a la que tanto había amado, enjuago su última lágrima mientras su barca se separaba para siempre del circulo incompleto de la Tierra Media…
Finalmente Valinor era su destino.